Muchos la llamarían “la niña rara, diferente y ridícula”, pero pocos la definirían como un “alma pura”, una “buena persona”.
Hace pocos meses que había llegado a este lugar, tan cómoda, feliz y pacífica. Hace poco tiempo comenzó a conocer a los de su alrededor.
Nadie sabía quién era o de dónde venía; si tenía padres o hermanos, abuelos o tíos; si tenía un hogar o algún techo para dormir. Lo único que se cuchicheaba entre los vecinos es que los asustaba con sus grandes sonrisas y extraña tranquilidad al caminar por los parques, rodeada de lo que ella llama: “la vida, lo más hermoso”.
Las viejas chismosas iban con sus amigas a tomar mate en los parques, sentándose cerca de ella a propósito, para averiguar qué hacía de nuevo, para luego tener que contarles algo interesante a sus esposos cuando éstos llegaran de trabajar.
La muchacha, vestida de harapos y con el pelo enmarañado, tarareaba extrañas sinfonías que atraían a las aves de todo el pueblo. Todas se ubicaban en fila, una al lado de la otra, sobre cables y ramas gruesas de los árboles. Ella reía cada vez que le respondían, cada vez que se le posaban en los hombros.
Algunas madres que pasaban por allí casi siempre evitaban que sus hijos la observaran para no contagiarse de aquella “extraña enfermedad” que la pobre “huérfana” poseía. Los niños cada vez que la veían tenían muchas ganas de ir a jugar con ella, porque era diferente, divertida y simpática. Ellos no veían nada malo en ésta, no entendían por qué sus madres les prohibían hablarle.
Durante la noche, la niña se acurrucaba debajo de un árbol y con ambas manos juntas apoyaba su suave cabecita para dormir sobre la tierra.
Un linyera aseguró que tuvo miedo de acercarse a hablarle, porque la niña estaba todo el tiempo “feliz”. Dormía con una sonrisa, se despertaba con una sonrisa, comía las moras del árbol con una sonrisa, iba a tomar agua de la fuente con una sonrisa; nunca se quejaba, nunca lloraba.
Todos le temían, pero todos hablaban de ella.
Se decía que estaba poseída por el diablo, se decía que los padres la abandonaron por una enfermedad mental, se decía que necesitaba que alguien le diera ropa nueva y comida variada, se decía que alguien debía llevarla a algún orfanato.
Pero nadie hacía nada.
Mientras los días seguían pasando, la muchacha había logrado entablar una profunda amistad con casi todos los perros y gatos de la calle. La mayoría de ellos la seguían a todos lados y cuando el sol se ponía y bajaba la temperatura, todos la rodeaban para que no tomara frío.
Algunas bocas dicen que cuando los perros sarnosos estuvieron con ella, se curaron de un día para el otro. Otros dicen que la niña es una reencarnación de algún animal.
Todos hablaban, todos se espantaban aún más.
Un día, mientras la niña se hamacaba en la plaza, una tarde de domingo, vio a una familia bajar de su auto y armar un pequeño picnic donde abundaban alimentos frescos.
Todos hubieran apostado a que a ésta le daría hambre y caminaría a preguntar si podrían compartir sus alimentos con ella.
Pero no, ella solo se hamacó más fuerte, y con una sonrisa observando el potente sol, empezó a cantar. Los pajaritos comenzaron a aproximarse de a montones, posándose en distintos juegos vacíos para oírla de cerca.
Cuando la niña dejó de cantar, un pequeño se acercó llorando.
Ella percató de que a lo lejos, sus padres lo llamaban furiosos. El niño observó por un momento hacia atrás y siguió corriendo hasta llegar a ella, a la niña que todos temían.
El niño le dijo, ahogado en un llanto inconsolable, que quería jugar con ella porque era linda y buena, pero sus padres no lo dejaban. Ella lo estrujó amistosamente y acarició su pelo; tomó su mano, y con una sonrisa, lo invitó a jugar.
El niño, que ahora sonreía con lágrimas frescas sobre su mejilla, chilló de la felicidad y comenzó a correr junto a ella, mientras ambos reían.
-¿Por qué no te dejan jugar conmigo? –le preguntó, curiosa.
-Dicen que sos mala.
La niña se quedó pensando por un instante.
“¿Qué es lo que hice para que pensaran que soy mala? No molesto a nadie, no lastimo a nadie, no peleo con nadie. Solo río, canto, estoy con los animales y vivo sola, con la naturaleza”.
Un golpe intenso en la cabeza hizo que la niña cayera al suelo seco y polvoriento, provocando que sus pensamientos desaparecieran por completo.
Por primera vez había sentido el dolor físico.
-¡Mocosa insolente, alejáte de mi hijo! ¡Hija del demonio! –la mujer dio unos pasos hacia el niño y lo tomó bruscamente del brazo, arrastrándolo hacia su padre.
La niña, atónita por la reacción de la mujer, se sentó sobre la tierra y llevó su mano hacia su rodilla derecha que estaba raspada. Le ardía, el dolor era insoportable.
Lo último que se escuchó en aquella tarde fue el lloriqueo de un niño pidiendo jugar con la niña buena.
En la oscura y tranquila noche en soledad, uno de los perros que se habían curado de sarna lamió la rodilla de la niña, para devolverle el favor.
Ella les preguntó una y mil veces a sus amigos, los perros, por qué la mujer le había golpeado y por qué le había gritado esas cosas tan feas.
“Yo nunca le hice nada malo a nadie” se justificó.
Pero los perros no sabían responderle, sólo le hacían compañía.
Esa noche, la niña se quedó pensando en el niño y lo bien que se sintió jugar con él.
Pero también se sintió mal y despreciada por los demás.
Solo bastó ese golpe y unas cuantas palabras hirientes para que la chiquilla comenzara a disminuir sus verdaderas y brillantes sonrisas de todos los días.
Hasta el mismo linyera notó que la pequeña ya no cantaba.
A partir de ese entonces la gente del pueblo se aterró aún más. Las viejas ya no iban a tomar mate para observarla por las tardes, porque según ellas “el demonio estaba furioso y quería matar a alguien”.
Y la gente decía más cosas, pero nadie hacía nada.
Cuando la mafia llegó al pueblo y los delincuentes se drogaban en las plazas, uno de ellos notó la suave y angelical presencia de aquella niña que comía frutas y moras de los árboles, que caminaba y jugaba con los perros y acariciaba y mimaba a los gatos de los vecinos. Este no se atrevió a acercarse a ella, creyó que le haría algo como una brujería o algo parecido.
Su jefe cuando la vio insistió en que sería ideal para el negocio de ventas, ya que nadie la quería y todos le temían. Pero los otros miembros del grupo insistían en que sería mejor dejarla ahí, porque no les serviría para nada.
Una temprana mañana de verano, la niña muerta de calor, se acercó a la fuente de la plaza para beber un trago de agua estancada, hasta que escuchó un terrible estruendo y una fuerte frenada automovilística. Su vista se dirigió rápidamente a dos coches estrellados entre sí, totalmente destrozados.
Su corazón latió fuerte y corrió hacia el lugar, preocupada. Los vecinos de la zona solo asomaron sus deformadas y sucias cabezas por la ventana, para observar qué iba a hacer el demonio.
La nena abrió una de las puertas destruidas de los vehículos y largó un grito de terror al ver a dos personas desgarradas y aplastadas por entre los metales.
La niña corrió y deseó no volver a ver ese horripilante accidente.
Esa misma noche el linyera notó a esta pequeña asustada y preocupada, de vez en cuando susurraba cosas sin sentido. Por eso él solo caminó derecho y decidió buscarse un lugar para dormir un poco más lejos de aquella.
La semana siguiente, mientras la niña había intentado superar aquel momento, uno de los delincuentes del pueblo asaltó y asesinó a una de las viejas que tomaban mate en la plaza.
Cuando la niña vio el charco de sangre, solo corrió lejos, deseando no volver a ver aquel acto.
Ahora se decía por ahí que la causante de toda la delincuencia y muertes que había en el pueblo era ella, la inocente niña que vivía sola.
Y se seguía diciendo muchas cosas, y se seguía echándole la culpa a la niña. Pero nadie hacía nada.
Una noche, el linyera vio cómo un borracho le pegaba a la niña cerca del mástil. Él sintió lástima, quiso socorrerla, pero después pensó en él y que nunca nadie lo ayudó en ningún momento de su vida. Así que él tampoco ayudaría.
La pequeña, herida y desesperanzada comenzó a largar unas finas y saladas lágrimas de los ojos. Su angustia había crecido, y por primera vez, se sintió realmente sola, rechazada, odiada, abandonada y asustada. Sobre todo adolorida, por dentro y por fuera.
Sintió la necesidad de sentirse protegida, porque lo que antes era su hermoso y alegre hogar, ahora ya no lo era.
Caminó casa por casa pidiendo ayuda, pero todos le cerraban la puerta en la cara. Algunos la golpeaban con la escoba de barrer; las viejas le tiraban sal y ajo, y otras, baldes de agua.
Nadie la quería, y es porque ella era buena y pura.
Desde ese día, la niña entendió que para vivir con los demás, hay que ser como ellos.
Hasta el día de hoy, en el pueblo, un nuevo y peligroso delincuente los está embistiendo. Dicen que entra en las casas por la noche cuando estás durmiendo y te lleva y destruye todo lo que más apreciás. A veces deja mensajes de odio en la pared; a veces se deshace de alguno de tus familiares, así como si nada.
Algunos aseguran que es venganza de alguien impuro y cruel.
Y desde ese día, la gente tuvo miedo de verdad.
Aylén Fuente