A veces no los entiendo. Se creen superiores, los mejores, los más inteligentes; cuando en realidad son lo peor que puede haber.
Me fui de casa, sí, estaba cansado de sus gritos, de sus golpes, de sus incoherentes protestas. No los extraño, para nada. Lo único que dejo atrás con dolor es la cama, nada más. Ni siquiera se preocupaban por darme de comer, no les importaba mi salud ni mis necesidades.
No los entiendo, ¿para qué me trajeron si no se iban a responsabilizar conmigo?
Mi pelo está opaco y sucio, huelo mal, tengo sed, estoy hambriento... pero cuando uno llega a este mundo le toca vivir esto. Y más a de los míos; si no sos lindo, pequeño o especial, te desechan. Y esta vez ellos lo hicieron conmigo indirectamente, de la peor manera.
Hubiera preferido que me subieran al auto y me descartaran a unas veinte o treinta cuadras… tal vez a una plaza, a un basurero o simplemente a la calle, como lo hacen todos.
Ayer uno de ellos me lastimó el ojo izquierdo con una piedra, y el otro me pateó de tal forma que ahora me duele mi cuerpo al caminar.
Por este barrio se ven mucho de los míos, bien enfermos, delgados y deprimidos. Qué envidia les tengo a los que nacieron bellos y privilegiados.
¡Pero qué se piensan los de dos patas! Todo el tiempo están pidiendo que no se los juzgue por su exterior y todos ellos lo hacen con nosotros.
Menudos mentirosos.
Falsos.
Hipócritas.
Lástima que no soy alto como ellos, ni tampoco tan inteligente y valiente como para exterminarlos, como ellos hacen con muchos otros.
Ahora me acordé, cuando se cruza la calle hay que mirar para ambos lados… no como Quique que terminó aplastado por una rueda de colectivo.
Pobre de Quique.
Pobre de mí.
Pobre de todos los nuestros que tienen que vivir así.
Cuando mis cuatro patas no daban para más, decidí descansar debajo de un gran árbol del parque de la ciudad. Un grupo de niños se acercaron a mí y yo sentí sus intenciones, así que me levanté de allí y caminé lejos.
Uno de ellos me corrió por detrás mientras algunas piedras golpeaban mi peludo cuerpo. Sus risas diabólicas y crueles me lastimaron por dentro, haciéndome sentir el ser más feo y necio.
Pero cuando dos patas flacas y largas se interpusieron en mi camino, bajé mi hocico y rabo, sumiso de sus futuros actos.
Yo sentí lo que él pretendía hacer, por eso no seguí mi camino. Porque nosotros también tenemos sentimientos. Porque nosotros también vivimos y pensamos.
-Mamá, ¿me lo puedo llevar a casa? Es hermoso.
Fue amor a primera vista.