Era una noche de lluvia copiosa y fría. Sia corría por las calles de su pequeño y precario barrio con sus botas de agua y capucha en la cabeza. El agua de la lluvia recorría su frente y mejillas como una cascada, y de vez en cuando, cada vez que podía, escupía algunas gotas. Sus ojos se habían achinado tras el enérgico viento de la tormenta y sus manos se habían puesto coloradas y duras. Estaba helada. De vez en cuando, sus dientes tiritaban al compás de la canción que tenía en mente: Breaking the habit de Linkin Park.
Sia sabía que tendría que cruzar el descampado y caminar cinco cuadras más para poder llegar a su casa, y cada vez que deseaba con toda su alma llegar para tomar una ducha caliente y tomar una chocolatada con su hermana mayor, el camino se le hacía más largo. Las luces del relámpago iluminaban su cara y los perros salvajes corrían por un refugio seguro, mientras ella se encontraba sola, en la nada, como siempre.
“Carla tenía razón”, se dijo, “la próxima vez tengo que hacerle caso cuando me diga que se aproxima una tormenta fuerte y no es buena idea ir a visitar a Tita”.
Sia cede el paso y camina exhausta a pasos gigantes, intentando reemplazar la corrida. Ese momento es cuando ve a un cachorrito a varios metros de ella, temblando de frío debajo de la lluvia. Sus ojos se agrandaron y luego entristecieron. Ella pensó ir a acompañarlo, o simplemente a consolarlo. Porque después de todo, ambos tenían algo en común. Y no solo era el de estar debajo de la tormenta, sino el de estar solo.
Cuántas veces Sia le pidió a Dios que le trajese a alguien con quien sonreír todos los días, con quien hacer ridiculeces sin importar lo que digan. Porque su hermana mayor no era de esas, sino de esas que estudian constantemente para recibirse en una universidad con un buen título y poder tener un trabajo decente; y digamos que Carla no siempre andaba de buen humor, siempre se sentía cansada y con sueño. Por eso Sia y ella casi nunca tenían sus momentos de hermanas normales, ya que ambas tuvieron que ocupar el puesto vacío de ellos.
Es ahí, cuando al intentar acercarse al cachorrito mojado, un Ford Gol color rojo se aproxima a una velocidad innecesaria para la tormenta y el barro, y pasa a pocos centímetros del animal. Sia chilló aterrada, creyendo que el auto había atropellado a la hermosa criatura indefensa. Se llevó las manos a la boca y comenzó a correr hacia lo que ella creía que había sido un trágico accidente.
El auto por un segundo se detuvo, pero a los pocos instantes aceleró y se fue, dejándolos solos.
Cuando Sia intenta ver por sus ojos empapados, una sensación de alivio la inundó al ver que el perrito más hermoso del mundo seguía todavía ahí, sentado sobre un charco de agua estancada mientras la lluvia recorría su peludo cuerpo. Estaba vivo, pero aterrado.
Sia corre rápidamente y se detiene confusa al ver algo diferente al lado del cachorro. Allí ahora había una caja precaria de cartón, esas de galletitas que se consiguen en las fábricas. Sia hizo memoria y supo que esa caja no estaba hace segundos atrás, alguien la tendría que haber puesto hace un momento y el único que podría haber sido fue aquel auto rojo. La muchacha de cabellos castaños logra ver que el perrito se pone de pie y olfatea la caja. Su cola comenzó a moverse alegremente y es ahí cuando un bebé llora. Y esos lloriqueos no provenían de una de las casas a lo lejos, el chillido estaba cerca, demasiado cerca.
Sia por un momento creyó que sería buena idea salir corriendo y escapar del nuevo embrollo que se estaba por comer, pero la curiosidad la arrastró hasta allí, aunque estuviera helada, aunque dentro habría una bomba mortal, aunque fuese una trampa de los lobos, aunque sea algo peligroso… ella quería saber qué había dentro.
Cuando sus ojos se clavan en la profundidad de aquella caja empapada, el rostro de un bebé le sorprendió por completo. El llanto volvió a nacer y se hizo más fuerte, la criatura lloraba aterrada.
¡Dios mío! ¿Quién pudo haber hecho esto? ¡Un bebé abandonado debajo de la lluvia, con este frío de otoño invernal, sin un hogar, sin una familia, sin una madre…!
Lo habían dejado tirado como si fuera una bolsa de basura, como si fuera algo sin valor.
Sia bajó sus brazos y aferró a la pequeña niña de apenas meses de vida en su pecho. Su vista se centró una vez más dentro de la caja y notó que no había más nada allí, solo cartón húmedo.
El cachorrito se sacudió y siguió los pasos de Sia, al correr por un refugio seco, donde podría observar atentamente a la criatura de sus brazos.
¿Acaso estaba robando, o escapando de alguien? Sia creyó que sí, que alguien podría acusarla de robo o de algún secuestro y a ella la mandarían a la cárcel para adolescentes.
Esperen… ¿hay alguna cárcel para adolescentes?
“¡No, Sia! ¡No tendrías que haber agarrado a la niña, tendrías que haber escapado y esperar a que alguien más responsable y suertudo se la lleve para poder criarla bien! ¡Pero no podía, no podía! ¡Ella iba a morir si seguía debajo del agua, ella me necesitaba! ¿Pero qué va a pensar Carla? ¿Qué van a pensar los demás cuando la vean, cuando se enteren que me llevé a un bebé de la calle para mi casa? No, no, no, no, no. Yo ni siquiera puedo cuidarme a mí misma y ahora la vida me está dando esta responsabilidad. Tengo miedo, mucho miedo. No puedo… no puedo”.
Cuando la criatura dejó de llorar al oír el corazón de Sia bombear, se calmó, relajándose por aquel bello sonido y aquel calor que comenzó a sentir lentamente. Sia se sentó debajo de la galería de un paseo de compras abandonado. El cachorro que aún la seguía, se sentó a su lado, contento por las acciones de su nueva amo.
La muchacha, se saca su único abrigo seco y envuelve a la criatura mientras secaba su rostro con las manos. La bebe respiraba forzosamente y cuando ambas se observaron a los ojos, sonrío. A Sia se le forman algunas lágrimas en los ojos, emocionada por lo que acababa de ver. Aquella niña era hermosa, sus ojitos eran de color marrón claro, su boca se encontraba rosada y sus mejillas enrojecidas.
“Dios mío, ¿qué estoy haciendo? Ella no me pertenece, tiene una madre. No puedo hacer esto”.
La vuelta del auto rojo
Cuando por fin se había decidido volver a casa con la bebé y el cachorro, la tormenta por fin había cesado. No de una manera rápida y abundante, sino muy escasa. Ahora no llovía torrencialmente, solo la llovizna acompañaba a las niñas y al cachorro.
Sia se detiene un momento a recuperar aliento; los nervios, el miedo, la ansiedad, el cansancio, la desesperación y todo lo que la llevaba a temblar a demás del frío la estaba volviendo loca. La niña en sus brazos ahora dormía, como si supiera que ahora se encontraba en buenas manos.
Una luz amarilla rebotó desde el ventanal de una vieja casucha, lo que provocó que la muchacha se alarmara y diera media vuelta de repente, para ver quién se acercaba.
Era un mugriento Ford gol rojo, cediendo la velocidad. El vehículo se acercaba a ella.
“Ay no, ¿es el mismo coche que había dejado a la bebé, o eso creo? Sia, corré. Corré”.
Sia comenzó a correr junto con su nuevo compañero el cachorro; su casa estaba solo a tres cuadras, y el barro de las calles ya casi ni se notaba porque el pavimento lo reemplazaba. Sus piernas temblaban, sus músculos gritaban del cansancio y sus pulmones no daban para más, ella casi cae al suelo.
El auto se detiene en medio de la calle y de ahí, baja un hombre horripilante, de tapado negro y bufanda verde. Su rostro era seco e inexpresivo, sus pies corrían hacia ella.
-¡Aléjese! –exclamó después de chillar, cayendo de rodillas sobre el cordón de la vereda.
El sujeto ahora caminó hacia ella al ver que su víctima no tenía más fuerzas para respirar. La chica castaña abrazó con todas sus fuerzas a la bebé y observó aterrada al hombre, que estaba solo a dos metros de éstas. Ambos cruzaron miradas, ahora ambos estaban inmóviles.
-¿Qué quiere? ¿Por qué me persigue? –se arrastró hacia el tronco del árbol, intentando alejarse lo más posible de él. Sia supo quién era, ella sabía perfectamente que ese hombre no era uno bueno, sino uno de los peores de su pueblo: “El deforme”, así le decían.
Su nariz rechoncha como la de un pepino, sus ojos grandes y redondos como un par de huevos, su boca gruesa y agrietada como la de un orco y sus orejas grandes y puntiagudas como la de los elfos daban la pauta que cualquiera que lo viese, se aterraría por verlo a los ojos. Aún peor, su reputación no era buena en el barrio, los vecinos decían que el deforme raptaba a los niños y se los llevaba a su casa, para convertirlos en esclavos.
Su hermana siempre se lo decía, con su dedo índice apuntando en el aire y moviéndose rápidamente.
El hombre, que ahora llevaba una expresión de gran angustia en su pecho, murmuró:-llevátela, cuidála.
-¿Qué cosa? –preguntó la muchacha, atónita.
-Me recuerda mucho a vos, tiene los mismos ojos, la misma sonrisa. Cuidála, así como hizo tu madre al aceptarte. Ella es como vos, tiene la mejor suerte del mundo al no quedarse en mis brazos.
-¿Pe...pero qué dice? –balbuceó Sia, con sus manos temblorosas.
-Niña, en este pueblo se hablan muchas cosas inoportunas sobre mí. Gracias a ellos no me creo capaz de ser padre, de cuidar bien de una niña y que ella no piense en el futuro lo feo que soy.
-¿Es su hija?
-Algo así.
-¿La abandona solo por los comentarios de los demás?
-Así es.
-Usted está loco.
-No. Solamente quiero cuidarla. Conmigo no podrá estar bien. Llévatela a casa y críala como tu madre lo hizo con vos.
-¿Conmigo?
-Sí. Con vos. Es la única forma de dejar de estar maldito.
El hombre extraño y deforme dio media vuelta después de suspirar y se subió a su vehículo, sin decir otra palabra.
Sia observó nuevamente el rostro de la pequeña.
Y sí, sí se parecían.